Varias veces, he intentado escribir una nota, un artículo, una columna. He leído, escuchado, visto noticias y siempre destacan los mismos problemas, las mismas actitudes de la gente. Continúan la intolerancia, la falta de solidaridad y peor, la indiferencia.
Sigue en aumento el consumo de droga, los niños de once años ya beben, fuman y se refugian en los demás compañeros.
Hace unos días, recorrí diferentes colegios. Tuve la fortuna de entrar a algunos salones y conversar con los estudiantes. Con algunos chistes y palabras de su vocabulario, intenté ganarme su confianza. Al final, lo logré.
Entré a un grado 7º. Había niños y niñas de 11 y 12 años. Me llamó la atención un niño, porque entró tarde al salón, venía con su uniforme sucio, la camisa blanca, con un color oscuro, por fuera y el cabello desordenado. Entró y se sentó en la última fila. Abrió un cuaderno y puso sus pies contra el escritorio del frente. Los miré a todos y pude darme cuenta que estaban cansados y fatigados por el recreo del cual acababan de llegar. Treinta minutos corriendo por el patio en el cual no hay juegos, ni sillas. El patio es de tierra y por consiguiente, la polvareda que se levanta cuando corren y cuando se tropiezan alcanza a todos los que se hallan por ahí.
Los salones son estrechos y los 35 estudiantes se apretujan en sus respectivos pupitres, donde caben tres, para dejar espacio al pupitre, que no escritorio, del profesor.
No sabía por donde iniciar mi charla en serio, porque quería llegar a que me contaran muchas cosas suyas. Les conté una historia, inventada a última hora, pero me salió completa. Hicieron preguntas al respecto y salí avante. Luego, les conté acerca de algunos amigos drogadictos, quienes se encuentran en la calle pidiendo limosna, pero en su época fueron personas que se graduaron en universidad y gracias a la droga, perdieron hasta el amor propio.
Miraba sus caritas atentas y por fin se me ocurrió preguntar: ¿Quiénes han tomado cerveza? Sin dudarlo, niños y niñas levantaron sus manos. Me arrimé a un pequeño y le pregunté: ¿Cuántos años tienes? 11, fue su respuesta. ¿Y te gusta la cerveza? Sí, mucho. Y así continué haciendo preguntas. ¿Quiénes han fumado? ¿Quiénes han dejado de venir por pereza? ¿A quiénes no los abrazan en casa? ¿Cuándo fue la última vez que los abrazaron?
Les pedí que se levantaran y se abrazaran. Se miraban extrañados. Algunos no quisieron hacerlo. Otros, tenían como un signo de interrogación en su cabeza. Uno de ellos, con recelo, me dijo que no era lógico que dos hombres se abrazaran. Y otro, no había sido abrazado jamás.
Salí pensativo. Si están en 7º, si solamente son compañeros y no tienen claro qué es amistad, si no saben qué es abrazarse, sentir amor, entonces, ¿Qué estamos haciendo?
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